jueves, 31 de agosto de 2017

ALGUNAS HERIDAS NUNCA SE CURAN


Tercera entrega de la serie protagonizada por Pia Kirchhoff y Oliver von Bodenstein,  policías en el K11, la Brigada Central de Delitos contra las Personas de la Policía Judicial Regional de Hofheim, Alemania.

A pesar de la estúpida política, y recalco estúpida, de la Editorial Maeva de publicar en nuestro país una serie de novelas policíacas sin orden ni concierto, pues lo cierto es que estos personajes alemanes al principio un poco planos y desconcertantes (creo que el desconocimiento mata...) se han hecho un huequecito en mi corazón.
Este inspector elegante y aristocráticamente decadente y esta inspectora prusiana-granjera tienen un punto interesante; el caso que les ocupa en esta ocasión viene del pasado-pasado, todo vuelve aunque se entierre en lo más profundo y sus consecuencias son incalculables......
Interesante!!!!, aunque leídas en orden, las novelas y los personajes, serían mucho mejores¡¡¡¡

Sinopsis (Ed. Maeva)
Un nuevo caso en el Taunus para Oliver y Pía. Cuando David Goldberg, un anciano de 92 años, superviviente del Holocausto, aparece asesinado en su casa y le hacen la autopsia, descubren que lleva tatuado su grupo sanguíneo, práctica habitual entre los oficiales de las SS. Oliver von Bodenstein y Pia Kirchhoff emprenden la investigación mientras lidian contra la oposición de sus superiores. Además, Oliver no da abasto tras el nacimiento de su último hijo, y Pía está viviendo un auténtico idilio con su nueva pareja, el director del zoo local. Poco después, otro anciano judío aparece muerto en las mismas circunstancias, y también tiene tatuado su grupo sanguíneo. El único nexo entre ambos es Vera Kaltensee, la elegante matriarca de una de las familias más influyentes de la región. La investigación sacará a la luz una oscura historia y una antigua venganza.

Algunas heridas nunca se curan (fragmento)

Prólogo

"Nadie de su familia había entendido la decisión de pasar los últimos años de su vida en Alemania, y menos aún él mismo. De repente había sentido que no quería morir en ese país que tan bien lo había tratado durante más de sesenta años. Añoraba leer los periódicos alemanes, el sonido de la lengua alemana en sus oídos. David Goldberg no había emigrado voluntariamente; en aquel entonces, en 1945, salir de Alemania había sido cuestión de vida o muerte, y él siempre había intentado llevar lo mejor posible la pérdida de su hogar. Sin embargo, ya no le quedaba nada que lo retuviera en Estados Unidos. Había comprado la casa de las inmediaciones de Frankfurt hacía casi veinte años, después de que Sarah muriera, para no tener que alojarse en hoteles anónimos cada vez que sus numerosas obligaciones profesionales y personales lo llevaban a Alemania.
Goldberg soltó un hondo suspiro y miró por la enorme cristalera hacia las estribaciones del Taunus, bañadas ya en una luz dorada por el sol del atardecer. Casi no recordaba el rostro de Sarah. Los sesenta años que había vivido en Estados Unidos eran los que más a menudo quedaban borrados de su memoria, e incluso le costaba trabajo acordarse de los nombres de sus nietos. Su recuerdo de los tiempos de antes de América, por el contrario, se había vuelto tanto más nítido, aunque hacía mucho que no pensaba en esa época. A veces, cuando despertaba tras una breve cabezada, tardaba varios minutos en comprender dónde estaba. Después contemplaba con desprecio sus manos nudosas y temblorosas, manos de anciano, con la piel llena de postillas y manchas propias de la edad. Envejecer no era ningún privilegio –menuda tontería–, aunque por lo menos el destino le había ahorrado convertirse en un enfermo dependiente, desvalido y babeante, como muchos de sus amigos y compañeros de viaje, que no habían tenido la suerte de que un infarto los fulminara a tiempo. Él, en cambio, gozaba de una salud de hierro que no dejaba de asombrar a sus médicos, y llevaba años siendo prácticamente inmune a la mayoría de los achaques de la vejez. Eso tenía que agradecérselo a la férrea disciplina con la que había logrado superar todas las pruebas a las que le había enfrentado la vida. Nunca se había abandonado; hasta ese mismo día se preocupaba de vestir con corrección y presentar un aspecto respetable. Goldberg se estremeció al pensar en su última y nada agradable visita a una residencia de ancianos. La visión de esos viejos arrastrándose por los pasillos en bata y zapatillas de estar por casa, con el pelo revuelto y la mirada vacía, como si fueran espíritus de otro mundo, o simplemente sentados sin nada que hacer, le había repugnado. La mayoría eran más jóvenes que él y, aun así, jamás habría permitido que nadie intentara meterlos a todos en el mismo saco."

UNA MUERTE IMPERCEPTIBLE


Segunda entrega de la serie protagonizada por la enfermera Nina Borg.

La enfermera danesa Nina Borg, tiene posibilidades, peeero......si ya se atisbaba en la primera novela en esta segunda se confirma que "cuatro manos no escriben mejor que dos", es verdad que los temas que se abordan van mucho más allá de la novela negra clásica, en este caso:
Países del este de Europa, Inmigración ilegal, tráfico de personas, material radiactivo, racismo, terrorismo....quizás demasiados temas para que la novela sea ágil.
Repito, tiene posibilidades pero quizás habrán de pulir el engarce entre las actividades de Nina Borg (ágil y entretenido) y el resto (más lento y farragoso).
Me la he leído rápidamente y las autoras tendrán otra oportunidad, creo que el personaje lo merece¡¡¡

Sinopsis (Ed. Maeva)
Cuando Sándor, un joven gitano de Hungría, es expulsado de la universidad por haber husmeado en páginas ilegales de tráfico de armas en Internet, sabe que su hermano Tamás se esconde detrás de todo esto, y emprende un viaje a Copenhague en su búsqueda. Allí, la enfermera de la Cruz Roja Nina Borg no pasa por su mejor momento personal, pues tiene una relación muy tensa con su hija adolescente y su marido. Pero cuando una epidemia radiactiva en un insalubre campamento de refugiados gitanos amenaza con llegar a ser una catástrofe aún mayor, inicia una arriesgada investigación que tendrá consecuencias inesperadas en su vida.

Una muerte imperceptible (fragmento)

Prólogo
Norte de Hungría

"–Igual encontramos una pistola –dijo Pitkin apuntando con el dedo hacia la garita de vigilancia que había junto a la entrada–. ¡Fiiiiu!
–O una metralleta –sugirió Tamás justo antes de disparar con un arma imaginaria apoyada en la cadera–. ¡Ratatatatatatatatatata!
–¡O un tanque!
–No, los tanques se los llevaron –replicó Tamás en un arrebato de realismo de lo más inoportuno. –Pues una granada –aventuró Pitkin–. ¿No crees que pueden haberse dejado una olvidada por alguna parte?
–Nunca se sabe –contestó su amigo para no terminar de aguarle la fiesta del todo.
Acababa de anochecer. Había sido un día pasado por agua y aún se respiraba la humedad en el ambiente. Si no hubiera dejado de llover, probablemente se habrían quedado en casa, pero estaban allí y, aunque todo aquello de las pistolas, las metralletas y las granadas no acababa de creérselo, Tamás sentía bullir la emoción en su interior como si su estómago fuese un enorme refresco de cola recién agitado.
Aunque el viejo recinto militar estaba vallado, hacía ya tiempo que el solitario vigilante nocturno había claudicado ante las hordas de traperos y ladrones de chatarra, y no salía de su garita –el único edificio que aún disponía de electricidad y agua–, donde pasaba las horas viendo la tele en un pequeño aparato en blanco y negro que se llevaba consigo todas las mañanas al acabar la guardia. Había llegado a abrir fuego contra los hermanos de Rako, que planeaban robárselo, y eso con el tiempo le había hecho ganarse cierto respeto. En aquellos momentos vivían en una especie de coexistencia armada: los dominios del vigilante se extendían por la garita y zonas limítrofes; es decir, la entrada y la parte de la valla que daba a la calle, y por allí no asomaban la nariz ni los rateros locales más emprendedores."

EL HIJO ÚNICO


Tercera entrega de la serie protagonizada por la subinspectora de la Policía de Oslo, Hanne Wilhelmsen, mujer complicada, donde las haya....

Sé, que la escritora Noruega Anne Holt no es muy popular por estos pagos, pero yo le tengo un cariño especial, a pesar del lío que han montado, otra vez, las editoriales españolas con sus novelas, me explico, esta escritora de negra nórdica tiene dos series de novelas, la primera que comienza en el año 1993 y protagoniza la subinspectora Hanne Wilhelmsen, cuyos libros son:

1- La diosa ciega (...Blind gudinne, 1993)
2- Bienaventurados los sedientos (Salige er de som tørster, 1994)
3- El hijo único (Demonens død, 1995) - Novedad: 24 de abril 2014
4*Løvens gap, 1997 - escrito con Berit Reiss-Andersen
5*Død joker, 1999
6*Uten ekko, 2000 - escrito con Berit Reiss-Andersen
7*Sannheten bortenfor, 2003
8- Una mañana de mayo (Presidentens valg, 2006)
9- 1222 (1222, 2007)
Los señalados con asterisco (*) no han sido publicados en castellano, ni en ninguna de los idiomas del estado español....

Esta serie en 2006 se entrecruza con otra de la misma escritora protagonizada por el policía Yngvar Stubø y la ex-profiler del FBI Inger Johanne Vik, las novelas publicadas son

1- Castigo (Der sot er mitt, 2001)
2- Crepúsculo en Oslo (Det som aldri skjer, 2004)
3- Una mañana de mayo (Presidentens valg, 2006)
4- Noche cerrada en Bergen (Pengemannen, 2009)
5- Lo que esconden las nubes oscuras (Skyggedød, 2012)

En resumen esta novela El hijo único viene de 1995, con lo que ciertas cosas que pasan desconciertan, si no conoces el resto.
Por lo demás, corta y entretenida, con una visión pesimista de la idílica sociedad nórdica, sus servicios sociales, y la protección de la infancia. La subinspectora Wilhelmsen asciende a Inspectora y tiene un caso difícil para resolver.
Recomendable para una tarde perdida¡¡¡

Sinopsis ( Ed. Literatura Random House)
Olaf, de 12 años de edad, vive en el orfanato de Varsol, en Oslo, donde el brutal asesinato de la directora ha conmocionado al personal y a los internos. La recién nombrada inspectora Hanne Wilhelmsen descubre que el orfanato, gestionado por el Ejército de Salvación, esconde muchos secretos.

El hijo único (fragmento)

1

"–¡Soy el chico nuevo!
Caminaba con paso resuelto hacia el interior de la habitación. Se quedó allí de pie mientras la nieve que cubría sus enormes zapatillas deportivas comenzaba a formar charcos alrededor de sus pies. Con las piernas separadas, como para ocultar su condición de patizambo, abrió los brazos y repitió:
–¡Soy el chico nuevo!
Tenía la cabeza rapada por uno de los lados. Justo por encima de la oreja derecha llevaba el cabello liso y negro como el carbón, peinado de tal modo que formaba un arco en torno a la coronilla y luego se deslizaba a lo largo de su cabeza, redonda como una pelota, hasta acabar en un corte recto a solo unos milímetros por encima del hombro izquierdo. Un grueso rizo, entrelazado como un trozo de cuero, colgaba en solitario tapándole un ojo. Su boca formaba una agria U al intentar, una y otra vez, colocar el flequillo en su sitio con un soplido. Su plumífero era de la talla cincuenta y seis. Le quedaba bien en la cintura, pero le sobraba medio metro de largo y unos treinta centímetros de manga, que se enrollaba en un par de puños enormes. Llevaba el pantalón remangado por las pantorrillas. Cuando, con cierta dificultad, logró abrirse el abrigo, quedó en evidencia que los pantalones le estaban muy estrechos a la altura de los muslos."

LA MIRADA DE LOS ÁNGELES


Octava entrega de la serie protagonizada por la escritora Erika Falk y su esposo el policía Patrik Hedström.

Acepto que los personajes son un poco simplones, que los diálogos, a veces, parecen para bobos, que las tramas se resuelven con bastante facilidad, que Erica Falk merece un correctivo, su hermana un par de tortas, el marido y cuñado respectivo un par de libros, pero... ir a Fjällbacka es casi como estar en casa, conocemos a todos, nos perdemos por sus calles, entramos en sus casas y......se nos pasa volando¡¡¡¡
Esta novela nos ofrece nuevos misterios que, como casi siempre, vienen del pasado, de un pasado cercano con que el que Suecia y los suecos todavía no han hecho las paces.
Para un fin de semana sin preocupaciones¡¡¡¡

Sinopsis (Ed. Maeva)

Cuando ya lo has perdido todo, puede que alguien quiera destruirte también a ti.
Tras la muerte accidental de su hijo pequeño, Ebba y Mårten se trasladan a la isla de Valö para rehacer su vida. Ahí, se instalan en una granja en la que vivió la familia de Ebba hace muchos años. Pero la tragedia los sigue acechando, y un incendio, a todas luces provocado, saca a relucir la historia siniestra que pesa sobre la granja. Hace treinta años toda la familia de Ebba desapareció sin dejar rastro. Solo se salvó ella, entonces un bebé de un año, a quien encontraron sola en la casa. Desde ese momento, recibe una misteriosa felicitación el día de su cumpleaños, firmada con una simple G? Patrik abre una investigación, y Erica, siempre en busca de material narrativo, empieza a tirar del hilo de la historia de la granja por su cuenta. Un acto impulsivo de Anna, la hermana de Erica, aún afectada por la pérdida del bebé que esperaba, revelará la verdad de golpe.

La mirada de los ángeles (fragmento)


Habían pensado aliviar el dolor reformando la casa. Ninguno de ellos estaba seguro de que fuese un buen plan, pero era el único que tenían. La otra opción era dejarse consumir.
Ebba pasaba la rasqueta por las paredes de la casa. La pintura se desprendía fácilmente. Ya había empezado a descascarillarse por sí sola, ella únicamente tenía que contribuir un poco. El sol de julio calentaba de lo lindo, el flequillo se le pegaba a la frente y le dolían los brazos, porque llevaba tres días efectuando el mismo movimiento cansino, de arriba abajo. Pero agradecía el dolor físico. Cada vez que se acentuaba, al mismo tiempo y por un instante, se atenuaba el del corazón.
Se dio la vuelta y observó a Mårten, que serraba listones en el césped de delante de la casa. Al parecer, notó que ella lo estaba mirando, porque levantó la vista y la saludó con el brazo, como si Ebba fuera un conocido al que viera por la calle. Ella notó que correspondía mecánicamente con el mismo gesto extraño.
Pese a que habían transcurrido más de seis meses desde que se les arruinó la vida, seguían sin saber cómo actuar el uno con el otro. Cada noche se acostaban en la cama de matrimonio dándose la espalda, aterrados ante la idea de que un movimiento involuntario desencadenara algo que luego no supieran controlar. Era como si el dolor los colmase hasta el punto de incapacitarlos para abrigar ningún otro sentimiento. Ni amor, ni calidez, ni compasión.

miércoles, 30 de agosto de 2017

DÉJAME ENTRAR


Vampiros nórdicos.....muy prescindible, aunque está bien escrita y en principio tiene cierta originalidad no acaba de cuajar y se convierte en una historia más recomendable para adolescentes impresionables que en una verdadera novela¡

Sinopsis (Ed. Espasa)
Oskar, un niño solitario y triste que vive en los suburbios de Estocolmo, tiene una curiosa afición: le gusta coleccionar recortes de prensa sobre asesinatos violentos. No tiene amigos y sus compañeros de clase se mofan de él y le maltratan. Una noche conoce a Eli, su nueva vecina, una misteriosa niña que nunca tiene frío, despide un olor extraño y suele ir acompañada de un hombre de aspecto siniestro. Oskar se siente fascinado por Eli y se hacen inseparables. Al mismo tiempo, una serie de crímenes y sucesos extraños hace sospechar a la policía local de la presencia de un asesino en serie. Nada más lejos de la realidad.
Una historia de terror contemporáneo de extraordinaria originalidad que entusiasmará a los aficionados al género.

Déjame entrar (fragmento)

El  Lugar 
"Blackeberg. 
Puede que pienses en trufas de coco, tal vez en drogas. «Una vida ordenada». Te imaginas una estación de metro, extrarradio. Después no hay mucho más que pensar. Sin duda vive gente allí, como en otros sitios. Para eso se construyó, para que la gente tuviera algún sitio donde vivir.
No se trata de un espacio que se haya desarrollado de forma natural, no. Aquí estuvo todo desde el principio planificado al milímetro. La gente tuvo que instalarse en lo que había. Edificios de hormigón en colores ocres esparcidos por el verde.
Cuando esta historia tiene lugar, Blackeberg lleva treinta años existiendo como población. Podría uno imaginarse un cierto espíritu pionero al estilo del Mayflower; un territorio desconocido. Sí. Imaginarse las casas deshabitadas esperando a sus inquilinos.
¡Y ahí vienen ellos!
Cruzando el puente de Traneberg con el sol en los ojos y sueños en la mirada. Corre el año 1952. Las madres llevan a sus hijos en brazos, en cochecitos de bebé o de la mano. Los padres no llevan consigo azadas ni palas, sino electrodomésticos y muebles funcionales. Puede que vayan cantando algo. La Internacional tal vez. O Vayamos a Jerusalén, según la forma de ser de cada uno.
Esto es grande. Es nuevo. Es moderno.
Pero no sucedió realmente así.
Llegaron en el metro. O en coches, camiones de mudanzas. Uno a uno. Entraron en los pisos recién construidos llevando consigo sus enseres. Organizaron sus cosas en cajones y repisas de medidas estandarizadas, colocaron sus muebles en fila sobre los suelos de linóleo y compraron otros nuevos para rellenar los huecos.
Cuando terminaron, alzaron la vista y vieron la tierra que les había sido dada. Salieron de sus portales y se encontraron con que todo el terreno estaba ya repartido. No podían hacer más que adaptarse a lo que había.
Había un centro. Había amplios parques para los niños. Había extensas zonas verdes alrededor de las casas. Había zonas peatonales.
—Es un buen lugar —se decían entre ellos alrededor de la mesa de la cocina unos meses después de la mudanza."

LA NOCHE DE LOS TIEMPOS


Magnífica novela, lo mejor, por ahora del 2011.  
Realmente Muñoz Molina nunca me defrauda.
La historia de un hombre egoísta narrada en primera persona, como no podía ser menos¡¡¡
Un fresco de España anterior a la guerra civil, durante y después de la misma.
Parece un argumento manido, pero en manos de Muñoz Molina adquiere perspectivas y matices diferentes. La he leído sin parar¡

Sinopsis (Ed. Seix Barral)
Un día de finales de octubre de 1936 el arquitecto español Ignacio Abel llega a la estación de Pennsylvania, última etapa de un largo viaje desde que escapó de España, vía Francia, dejando atrás a su esposa e hijos, incomunicados tras uno de los múltiples frentes de un país ya quebrado por la guerra. Durante el viaje recuerda la historia de amor clandestino con la mujer de su vida y la crispación social y el desconcierto previo que precedieron al estallido del conflicto fratricida. Es una gran novela de amor ambientada en el año previo al inicio de la guerra civil española. Por ella transitan personajes reales (Negrín, Moreno Villa, Bergamín…) y personajes de ficción, tejiendo una red colectiva que contextualiza la vivencia personal de un solo individuo y convirtiendo la narración en una sinfonía de asociaciones y sugerencias, en la caja de resonancia de toda una época. Este libro inolvidable es el máximo empeño literario de Antonio Muñoz Molina, y, sin duda alguna, un texto único sobre las raíces de la sociedad en que vivimos: la confrontación entre la desvalida necesidad personal de amor y la feroz carnavalada sangrienta de los fanatismos ideológicos que arrasan el mundo moderno.

La noche de los tiempos (fragmento)

1En medio del tumulto de la estación de Pennsylvania Ignacio Abel se ha detenido al oír que alguien lo llamaba por su nombre. Lo veo primero de lejos, entre la multitud de la hora punta, una figura masculina idéntica a las otras, como en una fotografía de entonces, empequeñecidas por la escala inmensa de la arquitectura: abrigos ligeros, gabardinas, sombreros; sombreros de mujer con la visera ladeada y pequeñas plumas laterales; gorras de visera rojas de cargadores de equipajes y empleados del ferrocarril; caras borrosas en la distancia; abrigos abiertos con faldones echados hacia atrás por la energía de las caminatas; corrientes humanas que se entrecruzan sin chocar nunca entre sí, cada hombre y cada mujer una figura muy semejante a las otras y sin embargo dotada de una identidad tan indudable como la trayectoria única que sigue en busca de un destino preciso: flechas de dirección, pizarras con nombres de lugares y horas de salida y llegada, escaleras metálicas que resuenan y tiemblan bajo un galope de pisadas, relojes colgados de los arcos de hierro
o coronando indicadores verticales con grandes hojas de calendario que permiten ver desde lejos la fecha del día. Sería preciso saberlo todo exactamente: letras y números de un rojo tan intenso como el de las gorras de los mozos de estación señalan un día casi de finales de octubre de 1936. En la esfera iluminada de cada uno de los relojes suspendidos como globos cautivos a mucha altura sobre las cabezas de la gente son las cuatro menos diez minutos. En ese momento Ignacio Abel avanza por el vestíbulo de la estación, por el gran espacio de mármoles, altos arcos de hierro, bóvedas de cristal sucias de hollín que filtran una luz dorada, en la que flotan el polvo y el clamor de las voces y los pasos.
Lo he visto cada vez con más claridad, surgido de ninguna parte, viniendo de la nada, nacido de un fogonazo de la imaginación, con la maleta en la mano, cansado de subir a toda prisa la escalinata de la entrada, cruzada por las sombras oblicuas de las columnas de mármol, aturdido al ingresar en una amplitud desmesurada en la que no está seguro de encontrar a tiempo su camino; lo he distinguido entre otros, con los que casi se confunde, un traje oscuro, una gabardina idéntica, un sombrero, quizás una ropa demasiado formal para esta ciudad y esta época del año, una ropa europea, como la maleta que lleva en la mano, sólida y cara, de piel, pero ya desgastada después de tanto viaje, con etiquetas de hoteles y de compañías de navegación, con restos de marcas de tiza y sellos de aduanas, una maleta que ya pesa mucho para su mano dolorida de apretar el asa pero que parecería insuficiente para un viaje tan largo. Con una precisión de informe policial y de sueño descubro los detalles reales. Los voy viendo surgir ante mí y cristalizar en el momento en que Ignacio Abel se detiene un instante entre las corrientes poderosas de la multitud en movimiento y se vuelve con el gesto de quien ha oído que lo están llamando: alguien que lo hubiera visto entre la gente y dice o grita su nombre para ser oído por encima del tumulto; del clamor amplificado por muros de mármol y bóvedas de hierro, la confusión sonora de pasos, voces, estrépito de trenes, la vibración del suelo, los ecos metálicos de los avisos en los altavoces, los gritos de los vendedores que vocean los periódicos de la tarde. Indago en su conciencia igual que en sus bolsillos o en el interior de la maleta.

UNA CUESTIÓN DE SANGRE


Decimocuarta entrega de la serie protagonizada por el comisario John Rebus de St Leonard en Edimburgo.
Rebus, trasciende al héroe de novela negra, cada uno de sus casos es una lección de historia de Escocia y, sobre todo, de historia humana.
Me ha encantado¡¡¡¡

Sinopsis (Ed. RBA)
Una pequeña localidad del norte de Escocia sufre la mayor tragedia que sus habitantes recuerdan: un ex militar irrumpe en el colegio y mata a sangre fría a dos de sus alumnos, de tan solo diecisiete años. Semejante acto de locura desconcierta al inspector John Rebus, que se traslada hasta el lugar de los hechos para investigar el móvil del crimen.

Una cuestión de sangre

"– No hay misterio -dijo la sargento detective Siobhan Clarke-. Herdman perdió la chaveta.
Estaba sentada junto a una cama del recién inaugurado hospital Royal Infirmary de Edimburgo, un gran edificio al sur de la ciudad, en una zona llamada Little France, construido sobre un solar muy caro, y del que ya comenzaban a registrarse quejas por falta de espacio para enfermos y de sitio para aparcamiento. Siobhan había logrado encontrar un hueco en un lugar prohibido, y fue lo primero que le comentó al inspector John Rebus al llegar. Rebus tenía las manos vendadas hasta las muñecas. Le sirvió un poco de agua templada y él ahuecó las manos para llevarse el vaso de plástico a la boca con cuidado mientras ella le observaba.
– ¿Has visto? No he tirado ni una gota -comentó bromeando.
Pero al intentar dejarlo en la mesilla lo estropeó todo. Le resbaló entre las manos y la base rozó el suelo. Siobhan lo cogió al vuelo.
– Buena parada -añadió Rebus.
– Bah, estaba vacío; no habría caído nada.
A partir de aquel momento Siobhan sólo dijo lo que los dos sabían no eran más que banalidades eludiendo ciertas preguntas que ansiaba plantearle, explayándose simplemente en pormenores sobre la masacre de South Queensferry.
Tres muertos. Un herido. Una tranquila ciudad costera al norte de Edimburgo. Un colegio de pago mixto para alumnos entre cinco y dieciocho años. Seiscientos matriculados, ahora dos menos.
El tercer cadáver era el del asesino, que se había volado los sesos. Ningún misterio, como decía Siobhan.
Salvo el móvil.
– Era como tú -añadió-. Quiero decir que era militar retirado. Creen que el móvil fue su resentimiento contra la sociedad.
Rebus advirtió que mantenía las manos con firmeza en los bolsillos de la chaqueta, y se imaginó que en ese momento, inconscientemente, estaría apretando los puños.
– Los periódicos dicen que tenía un negocio -comentó él.
– Tenía una lancha motora. Llevaba a gente a hacer esquí acuático.
– ¿Y era un resentido?
Ella se encogió de hombros. Rebus sabía que estaba deseando tener una oportunidad para meter la nariz, cualquier pretexto con tal de apartar su mente de la otra investigación, interna y con ella de protagonista.
Siobhan miraba en ese momento a la pared por encima de la cabeza de él como si le interesara algo más que la pintura y el aparato de oxígeno.
– No me has preguntado qué tal estoy -dijo Rebus.
– ¿Cómo te encuentras? -dijo ella volviendo la vista hacia él.
– Estoy harto de estar aquí. Gracias por tu interés.
– Sólo estás aquí desde ayer por la noche.
– A mí me parece más.
– ¿Qué han dicho los médicos?
– Hoy todavía no me ha visto nadie. Me da igual lo que me digan, esta tarde me marcho.
– ¿Y después qué?
– ¿Qué quieres decir?
– No puedes volver a la comisaría -añadió observando fijamente las manos vendadas-. ¿Cómo vas a conducir o escribir informes? ¿Y coger el teléfono?
– Me las arreglaré -repuso Rebus mirando en derredor para eludir a su vez los ojos de ella.
Estaba rodeado de hombres de su edad con la misma palidez grisácea. Era evidente que la dieta escocesa había hecho estragos en ellos. Un tipo tosía por un cigarrillo. Otro parecía tener problemas respiratorios. Era la masa de carne prototipo del bebedor edimburgués. El hígado hinchado y exceso de peso. Rebus levantó el brazo para pasárselo por la mejilla izquierda y notó que la tenía rasposa. Su barba tendría el mismo color gris plateado que las paredes de la sala."