jueves, 21 de diciembre de 2017

LAS CORRECCIONES


Hace mucho tiempo que tenía pendiente esta novela, y no hay momento mejor que unas largas vacaciones para "hincarle el diente" a las más de 600 páginas de esta maravilla literaria escrita por Franzen, publicada en 2001 y premiada con el National Book Award.
Es verdad que en una novela tan larga hay altibajos, pero en general los personajes están tan bien construidos que algunos de ellos se hacen... "odiosos" inmediatamente. El dominio del lenguaje y las emociones es una característica de Franzen y, a veces, se le va la mano, se pierde en sus pensamientos y la tensión narrativa decae; en esos momentos mi "truco" es centrarme en la construcción literaria, disfrutar del lenguaje y continuar hasta que un acontecimiento inesperado me devuelve a la trama con más fuerza que nunca.
¿Es Las correcciones, la gran novela americana? pues me costaría responder contundentemente porque hay grandes novelas norteamericanas en el siglo pasado y en el actual, pero si hiciese un ranking, Las Correcciones estaría, sin duda, incluida.
Los Lambert viven en las páginas de esta novela, como en su casa, hablan, piensan, sufren, lloran, no duermen, pierden y ganan; como cualquier familia diréis, pues sí; salvando las distancias culturales, como cualquier familia. Hay padres e hijos, madres e hijas, suegras y nueras, navidades, discusiones, secretos, comidas y cenas, amor y desamor, salud y enfermedad, rencores, traiciones, viajes, traumas infantiles y......muchas correcciones, propias y ajenas.
Lo recomiendo, sin duda, para leer con calma, para disfrutar de un gran escritor que no pertenece a la cultura del consumo inmediato, para LEER.

Sinopsis (Ed. Salamandra)
Tercera novela de Jonathan Franzen, Las correcciones —editada por primera vez en castellano en 2002— marcó un punto de inflexión en la trayectoria de su autor y lo consagró como uno de los más destacados escritores norteamericanos contemporáneos y uno de los más finos intérpretes de la compleja realidad de nuestra época. Con esta historia inmisericorde de una típica familia norteamericana, Franzen obtuvo el National Book Award y el Premio James Tait Black Memorial, fue finalista de los premios Pulitzer y Pen/Faulkner, vendió cuatro millones de ejemplares y su éxito alcanzó una dimensión internacional.
De este meticuloso retrato de los Lambert emergen de forma brillante y profundamente humana las angustias y contradicciones de toda una sociedad, la norteamericana, y de una época, la última década del siglo XX. Alfred Lambert es un ingeniero de ferrocarril jubilado cuya percepción de la realidad empieza a resquebrajarse a causa de la enfermedad de Parkinson. Su esposa Enid, tras cincuenta años de matrimonio, sigue obsesionada con mantener el orden en su enorme casa de un próspero barrio residencial. Los tres hijos se establecieron en la costa Este años atrás, lejos del hogar familiar. El mayor, Gary, es un alto ejecutivo bancario, un modélico padre de familia acosado por el fantasma de la depresión. Chip, el segundo, tras su fracaso en el mundo académico, se ha enfrascado en un nuevo proyecto de dudosa legalidad. Y Denise, la menor, extremadamente competitiva, triunfa como chef de un restaurante de moda, pero sufre los reveses de una vida sentimental inestable. En el país, la realidad económica corrige las expectativas sobrevaloradas del mercado bursátil, mientras los medicamentos más avanzados corrigen los trastornos del ánimo. Pero, en el ámbito de la familia, ¿pueden los hijos corregir los errores de sus padres? Y en un orden de cosas más concreto, ¿logrará Enid reunir a todos sus hijos para pasar una última Navidad juntos?

Las correcciones (fragmento)

ST. JUDELa locura de un frente frío que barre la pradera en otoño. se palpaba: algo terrible iba a ocurrir. el sol bajo, en el cielo: luminaria menor, estrella enfriándose. ráfagas de desorden, sucesivas. Árboles inquietos, temperaturas en descenso, toda la religión nórdica de las cosas llegando a su fin. no hay aquí niños en los jardines. Largas las sombras en el césped espeso, virando al amarillo. De los robles rojos y los robles palustres y los robles blancos de los pantanos llovían bellotas sobre casas libres de hipoteca. Las ventanas a prueba de temporal se estremecían en los dormitorios vacíos. Y el zumbido y el hipo de un secador de ropa, la discordia nasal de un soplador de hojas, el proceso de maduración de unas manzanas lugareñas en una bolsa de papel, el olor de la gasolina con que Alfred Lambert había limpiado la brocha, tras su sesión matinal de pintura del confidente de mimbre.
Las tres de la tarde era hora de riesgos en estos barrios residenciales y gerontocráticos de St. Jude. Alfred acababa de despertarse en el sillón azul, de buen tamaño, en que llevaba durmiendo desde después de comer. Ya había cumplido con su siesta, y las noticias locales no empezaban hasta las cinco. Dos horas vacías eran un criadero de infecciones. se incorporó trabajosamente y se detuvo junto a la mesa de ping-pong, tratando de oír a Enid, sin lograrlo.
Resonaba por toda la casa un timbre de alarma que sólo Alfred y Enid eran capaces de oír directamente. era el timbre de alarma de la ansiedad. era como una de esas enormes campanas de hierro fundido, con percutor eléctrico, que echan a los colegiales a la calle en los simulacros de incendio. en aquel momento llevaba resonando tantas horas, que los Lambert habían dejado de oír el mensaje de «timbre sonando»: como ocurre con todo sonido lo suficientemente prolongado como para permitir que nos aprendamos los sonidos que lo componen (como ocurre con cualquier palabra cuando nos quedamos mirándola hasta que se descompone en una serie de letras muertas), los Lambert percibían un percutor golpeando rápidamente contra un resonador metálico, es decir: no un tono puro, sino una secuencia granular de percusiones con una aguda superposición de connotaciones. Llevaba tantos días resonando que se integraba en la atmósfera de la casa, sencillamente, salvo a ciertas horas de la mañana, muy temprano, cuando uno de los dos se despertaba sudoroso para darse cuenta de que el timbre llevaba resonando en su cabeza desde siempre, desde hacía tantos meses que el sonido se había visto reemplazado por una especie de metasonido cuyas subidas y bajadas no eran el golpear de las ondas de compresión, sino algo mucho más lento: las crecidas y las menguas de su conciencia del sonido. Una conciencia que se hacía especialmente aguda cuando las condiciones climatológicas se ponían de humor ansioso. entonces, Enid y Alfred —de rodillas ella en el comedor, abriendo cajones; en el sótano él, inspeccionando la desastrosa mesa de ping-pong—, ambos al mismo tiempo, se sentían a punto de explotar de ansiedad.

EL ALDEANO DE PARÍS


"En el origen de mi Obra de los pasajes está El aldeano de París, del cual nunca pude leer, por la noche en mi cama, más de dos o tres páginas seguidas, porque el ritmo de mi corazón se aceleraba tanto que debía apartar el libro de mis manos". Walter Benjamin
Me traigo de la biblioteca esta reedición de la considerada primera novela surrealista de la historia, icónica de la modernidad y, sobre todo, un retrato de Paris tan diferente y extraño que conquista desde la primera frase.
Al terminarlo de nuevo, mi primer impulso es entrar en la página de Ryanair.....!!!

Sinopsis (Ed. Errata Naturae)
Un sentimiento y una mirada inédita al paisaje parisino se dan cita en este libro mítico de la Modernidad. Como un «aldeano» recién llegado a la gran metrópoli, con los ojos abiertos de par en par, Aragon nos enseñó a mirar de un modo nuevo, ¡ya en 1926!, los escaparates, los pasajes, los parques, los recortes de periódico. Aragon elevó a la categoría de fetiches los urinarios, el misterio de los jardines, los carteles encolados en fachadas y muretes. La luz moderna de lo insólito —los bustos de cera de las peluquerías convertidos en esculturas de belleza convulsa— se cuela por todas las esquinas en estas páginas fascinantes, y paseamos junto a su autor, como lo hiciera el propio Walter Benjamin, excitados y ansiosos por descubrir al fin la esencia de la ciudad contemporánea.
«Modernidad. Esta palabra se funde en la boca antes incluso de ser pronunciada. Sucede lo mismo con todo el vocabulario relativo a la vida, el cual no expresa un estado, sino el cambio. Recuerdo una escalofriante figura de cera en una peluquería, con sus brazos cruzados sobre el pecho y el cabello desgreñado bañando su ondulado permanente en el agua de una copa de cristal. Me viene a la memoria una tienda de pieles. Recuerdo la mímica extraña del electroscopio de hojas doradas. ¡Oh, sombreros de copa, durante una semana habéis tenido para mí el negro aspecto de un signo de interrogación!».
Un libro fundamental de la literatura francesa, un retrato indispensable del París de la primera mitad del siglo xx, de algunos de sus personajes y, sobre todo, de sus lugares ya míticos.

El aldeano de París (fragmento)

EL PASAJE DE LA ÓPERA
1924Hoy en día ya no adoramos a los dioses en las alturas. El templo de Salomón ha pasado a formar parte de las metáforas, donde alberga nidos de golondrinas y pálidas lagartijas. El espíritu de los cultos religiosos, al dispersarse con el polvo, ha abandonado los lugares sagrados. Pero hay otros lugares que florecen entre los hombres, otros lugares en donde los hombres se consagran, sin preocupación alguna, a sus misteriosas vidas, experimentando en ellos el paulatino despertar de una religión profunda. La divinidad no los habita todavía; se forma en ellos, es una divinidad nueva que se precipita en estos modernos éfesos como el metal desplazado por el ácido en el fondo de un vaso; es la vida la que hace surgir a esta divinidad poética junto a la cual miles de personas pasarán, sin verla, y que, de golpe, se vuelve perceptible y terriblemente ubicua para aquellos que, aun con torpeza, la han vislumbrado una vez. Metafísica de los lugares, es usted la que mece a los niños, la que habita sus sueños. Estas tierras de lo ignoto y del estremecimiento bordean toda nuestra materia mental. No doy un paso hacia el pasado sin volver a sentir ese sentimiento de extrañeza que me invadía cuando estaba en la edad en que todo es maravilla, en un decorado donde, por vez primera, tenía conciencia de una coherencia inexplicada y de sus repercusiones en mi corazón.
Toda la fauna de las imaginaciones, con su vegetación marina, como por una cabellera sombría, se pierde y se perpetúa en las zonas mal iluminadas de la actividad humana. Es entonces cuando aparecen los grandes faros del espíritu, similares en su forma a signos menos puros. La flaqueza humana abre la puerta del misterio, y nos encontramos en los reinos de la sombra. Un tropiezo o una sílaba mal pronunciada revelan el pensamiento de un hombre. En medio del desconcierto, existen lugares dotados de tales cerraduras que apenas si pueden cerrar las puertas del infinito. Allí donde se lleva a cabo la actividad más equívoca de los seres vivos, lo inanimado a veces adquiere un reflejo de sus impulsos más secretos: nuestras ciudades se ven así habitadas por esfinges ignoradas, las cuales no detendrán al soñador que pasa ante ellas para plantearle preguntas mortales, a menos que éste se adelante a ellas dirigiéndoles su meditativa distracción. Pero si este sabio puede adivinar sus misterios, si es él quien las interroga, sondeará de nuevo sus propios abismos merced a estos monstruos sin rostro. Será entonces la luz moderna de lo insólito lo que lo retendrá.

LA GRANJA


Después de leer El niño 44 y su secuela (recomendaciones, ambas, de amigas de LIBROS) me hice "fan" de Rob Smith y he aquí que en cuanto se publicó su nueva novela me abalancé sobre ella como si no hubiese más libros en el mundo.
Y????, pues nada que ver con las anteriores pero buena, muy buena!!!
Poco puedo contar del argumento porque todo sería spoiler, pero puedo reproducir las palabras del autor: ".....las dos novelas anteriores proceden de la investigación, La Granja nace de mi interior...." ¿La recomiendo? SI

Sinopsis (Ed. Salamandra)
Apenas han pasado unas horas desde que la vida de Daniel ha sufrido un vuelco radical. Esa misma mañana, mientras regresaba a casa del supermercado, una llamada inquietante ha roto el hilo de sus pensamientos: Chris, su padre, le informa de que su madre ha sido ingresada en un sanatorio, presa de delirios. Antes siquiera de sobreponerse al impacto, otra llamada igualmente perturbadora estalla en sus oídos. Esta vez es la voz temblorosa de su madre, Tilde, asegurándole que Chris es un mentiroso, que ella no está loca, que ha salido del centro por su propio pie, pero que teme por su vida y se encuentra de camino a Londres para verlo y explicárselo todo.
Así, en cuestión de horas, Daniel escuchará dos versiones opuestas de la crisis. Con una creciente sensación de horror, descubrirá que bajo la faz de una apacible vida de jubilados, la relación entre sus padres es de una tensión y una paranoia insoportables. Ante su asombro, surgen del pasado secretos familiares, incluso posibles crímenes, y un retrato aterrador de sus seres más queridos, que lo fuerzan a descifrar la verdad y lo emplazan a la difícil decisión de tomar partido por uno de ellos. ¿A quién creer? ¿Cómo evitar caer en un juicio equivocado? ¿Acaso su vida ha sido una gran mentira? A Daniel no le queda otro remedio que volar a Suecia e investigar por su cuenta, aunque su propia identidad pueda salir dañada por la verdad.
Con La granja, Tom Rob Smith reafirma su pulso acelerado para el thriller, partiendo de una premisa intrigante, una astuta dosificación de la información, un empleo preciso del giro narrativo y el firme compromiso de no engañar nunca al lector.

La granja (fragmento)

Hasta que sonó el teléfono, había sido un día normal. Volvía a casa cargado con la bolsa de la compra por Bermondsey, un barrio de Londres, justo al sur del río. Era una tarde de agosto sofocante y cuando sonó el móvil pensé en no contestar; me moría de ganas de llegar a casa y ducharme. Vencido por la curiosidad, reduje el paso, saqué el teléfono del bolsillo y me lo llevé a la oreja; el sudor humedeció la pantalla. Era mi padre. Se había trasladado a Suecia recientemente y no solía llamar; apenas usaba el móvil, y llamar a Londres le salía muy caro. Mi padre estaba llorando. Me paré en seco y solté la bolsa de la compra. Nunca lo había oído llorar. Mis padres siempre habían tenido la precaución de no discutir ni perder los nervios en mi presencia. En casa no había discusiones furibundas ni broncas al borde de las lágrimas.
— ¿Papá? — dije.
— Tu madre... no está bien.
—  ¿Está enferma?
—  Es muy triste.
—  ¿Triste? ¿Está enferma? ¿Qué le pasa? ¿Qué le pasa a mamá?
Mi padre seguía llorando. Lo único que pude hacer fue esperar en silencio hasta que dijo:
— Imagina cosas; cosas terribles, muy terribles.

NUNCA FALTA NADIE


Me resulta difícil opinar sobre esta novela, "aclamada por la crítica neoyorkina", que acabo de leer....!
Las 200 páginas de soliloquio o "monólogo interruptus", no sé bien como definirlo, no están mal escritas y parten de una idea original pero se tornan aburridas en cuanto las ideas empiezan a repetirse sin tregua. Parece un diario producto de una mente desestructurada que, si bien, se inicia de... forma prometedora, termina aburriendo soberanamente.
Sé que muchos escritores "desprecian" la estructura clásica de novela y creen que así son originales e innovadores (ilusión alimentada por críticos literarios, no siempre, bienintencionados), desde mi humilde posición de lectora creo que sólo un genio de la literatura puede lograrlo y ese no es el caso de Lacey.
No me atrevería a recomendar esta novela, aunque no ha sido desagradable leerla, porque a veces me gustan los experimentos....!

Sinopsis (Ed. Alfaguara)
Catherine Lacey es una de las voces más prometedoras de la nueva narrativa, aclamada por la crítica en Estados Unidos. Nunca falta nadie fue finalista del Premio de Ficción New York Public Library Young Lions y elegida como Nueva Voz por Granta
Uno de los mejores libros del año según L'Officiel.
« Soy de esa gente que nunca es capaz de olvidar del todo a quienes han perdido, que no conocen ese truco mágico que parece estar al alcance de otros.»
Sin decir nada a su familia, Elyria toma un vuelo de ida a Nueva Zelanda, abandonando su estable pero insatisfactoria vida en Nueva York. Mientras su marido intenta desesperadamente comprender qué ha sucedido, Elyria pone a prueba el destino viajando en coches de desconocidos, durmiendo en campos, bosques y parques, y teniendo encuentros arriesgados, a menudo surrealistas.
A medida que se adentra en la vida salvaje de Nueva Zelanda, el recuerdo de la muerte de su hermana la atormenta y una violencia soterrada crece en su interior, aunque quienes la conocen no perciban nada raro. Esta paradoja la conduce a otra obsesión: si su verdadero yo es invisible y desconocido para el resto del mundo, ¿puede decir que está realmente viva?

Nunca falta nadie (fragmento)

1.

Es posible que haya en el mundo gente capaz de leer la mente en contra de su voluntad, y si dichas personas existen, estoy casi segura de que mi marido es una de ellas. Y lo creo por lo que ocurrió la semana en que supe que no tardaría en marcharme, cosa que él ignoraba; sabía que tenía que decírselo, pero no se me ocurría cómo conseguir que mi boca pronunciara esas palabras, y puesto que mi marido es capaz de leer la mente sin querer, aquella semana bebió mucho más de lo habitual, sobre todo ginebra, y también jarras de cerveza que compraba en la tienda gourmet. Entraba en casa dando un sorbo a una lata escondida dentro de una bolsa de papel, y sonreía como si fuera una broma.
Yo me reía.
Él se reía.
Por dentro, ninguno de los dos reía.
La mañana en que me marché, él se levantó de la cama, se vistió y salió del dormitorio. Yo permanecí totalmente despierta con los párpados cerrados hasta que oí cerrarse la puerta principal. Me fui del apartamento a mediodía con la mochila a la espalda, y me sentí tan asqueada y absurda que en lugar de entrar en el metro me metí en un bar. Pedí un bourbon doble, a pesar de que es algo que nunca bebo, y cuando el camarero me preguntó de dónde era, le dije que alemana sin motivo alguno, o quizá se lo dije para que no intentara entablar conversación, o a lo mejor porque necesitaba vivir otra historia durante media hora: ser una solitaria mujer alemana que había venido a ver la Estatua de la Libertad y la Square of Time y el Park of Central (en lugar de una mujer que coge un vuelo solo de ida hasta un país donde solo conoce a una persona, la cual solo en una ocasión le había ofrecido su cuarto de invitados, cosa que, al pensarlo detenidamente, parecía ser la clase de invitación que solo se hace a sabiendas de que no se aceptará, solo que ahora era demasiado tarde porque yo la estaba aceptando y… yo qué sé, yo qué sé).
Un hombre sentado en un taburete, a mi lado, a pesar de que ya tenía delante una larga hilera de botellas vacías, pidió un zumo de arándanos a palo seco.

EL LIBRERO


En el aniversario del nacimiento de Roald Dahl no podía faltar una reedición y esta vez Nórdica ha elegido uno de sus relatos para adultos, El Librero, ilustrado por Federico Delicado (sin desmerecer su trabajo, prefiero a Quentin Blake) en una cuidada edición que resulta deliciosa.
El corrosivo humor de Dahl sobrevivirá siempre!!!
Me la he leído en un suspiro y así comienza:
"Hace tiempo, si uno se dirigía a Charing Cross Road desde Trafalgar Square, en cuestión de minutos se encontraba una librería situada a mano derecha y sobre cuyo escaparate un cartel anunciaba WILLIAM BUGGAGE. LIBROS RAROS"......

Sinopsis (Ed. Nórdicalibros)
«Un narrador en la tradición de Poe y Hawthorne. Dahl comparte la maestría de los grandes escritores del pasado con respecto a la trama y los personajes, unida a una ferocidad y un retorcimiento típicamente suyos». Los Ángeles Times
«Hace tiempo, si uno se dirigía a Charing Cross Road desde Trafalgar Square, en cuestión de minutos se encontraba con una librería situada a mano derecha y sobre cuyo escaparate un cartel anunciaba: “WILLIAM BUGGAGE. LIBROS RAROS”». Allí trabajan dos curiosos personajes: el librero, William Buggage, y su ayudante, la señorita Tottle, quienes no prestan demasiada atención a la venta de libros. Prefieren, más bien, leer cada día los obituarios, así como su obra favorita: el Who’s Who.
Publicado por primera vez en 1987, «El librero» es uno de los grandes relatos de Roald Dahl. El final es, como siempre en sus libros, inesperado y sorprendente.

El librero (fragmento)
"Las vacaciones en Marrakech fueron de lo más agradables y nueve días más tarde el señor Buggage y la señorita Tottle estaban de vuelta en su oficina de Charing Cross Road. Traían la piel chamuscada por el sol, tan roja como las muchas langostas que se habían comido. Enseguida se acomodaron de nuevo a su habitual y estimulante rutina. Día tras día salían las cartas y entraban los cheques. Era increíble la fluidez con la que marchaba el negocio. Por supuesto, las bases psicológicas sobre las que se sustentaba eran de gran solidez. Golpea a una viuda en lo más duro de su pena, golpéala con algo tan espantoso que le resulte insoportable, algo que desee olvidar y superar, algo que no quiera que nadie más descubra. Por si esto no fuese suficiente, también cuenta la inminencia del funeral. Así que paga diligentemente para quitarse de en medio la sordidez de ese pequeño incordio. El señor Buggage conocía bien el paño que cortaba. En todos sus años en activo, jamás había recibido una sola protesta o carta airada. Sólo sobres con cheques dentro. De vez en cuando, aunque no con demasiada frecuencia, no le llegaba una respuesta. Alguna viuda descreída con el valor suficiente para arrojar su carta a la papelera, y con ello acababa el asunto. Ninguna se atrevía a cuestionar la factura porque nunca podía tener la total certeza de que su difunto marido hubiera sido tan puro como ella había creído y deseado como esposa. Los hombres nunca lo son. En muchos casos, claro, la viuda sabía muy bien que su querido marido había sido un viejo verde y la lista del señor Buggage no era motivo de sorpresa. Así que pagaba con aún mayor diligencia.
Una húmeda y lluviosa tarde de marzo, más o menos un mes después de que hubiesen regresado de Marrakech, el señor Buggage se encontraba cómodamente recostado en su oficina, con los pies encima de su elegante escritorio, mientras dictaba a la señorita Tottle algunos detalles acerca de un distinguido general ya fallecido. «Aficiones —decía, leyendo el Who’s Who—: jardinería, vela y filatelia». En ese instante, se abrió la puerta principal del establecimiento y entró un joven con un libro en la mano. "


LA CHICA DEL TREN


Seguí la estela de mis amigas lectoras y después de resistirme heroicamente, he caído en la trampa de La chica del tren. Desde las primeras páginas he tenido una sensación de deja vu y si no fuese porque estaba segura de no haberla leído pensaría que era una repetición de una lectura olvidada....
Decía Rosi Torres Marino que la novela es previsible, suave me parece su opinión, previsible y mala, muy mala.
Para finalizar recomiendo a la autora de Extraños en el tren nocturno que repase con lupa este
bestseller de laboratorio, quizás tenga fundamentos para una demanda...!

Sinopsis (Ed. Planeta)
El bestseller que arrasa en las listas de más vendidos en EE. UU. y Reino Unido.
¿Estabas en el tren de las 8.04? ¿Viste algo sospechoso?Rachel, sí
Rachel toma siempre el tren de las 8.04 h. Cada mañana lo mismo: el mismo paisaje, las mismas casas… y la misma parada en la señal roja. Son solo unos segundos, pero le permiten observar a una pareja desayunando tranquilamente en su terraza. Siente que los conoce y se inventa unos nombres para ellos: Jess y Jason. Su vida es perfecta, no como la suya. Pero un día ve algo. Sucede muy deprisa, pero es suficiente. ¿Y si Jess y Jason no son tan felices como ella cree? ¿Y si nada es lo que parece?Tú no la conoces. Ella a ti, sí.

La chica del tren (fragmento)

RACHELViernes, 5 de julio de 2013
Mañana
Hay una pila de ropa a un lado de las vías del tren. Una prenda de color azul cielo —una camisa, quizá—, mezclada con otra de color blanco sucio. Seguramente no es más que basura que alguien ha tirado a los arbustos que bordean las vías. Puede que la hayan dejado los ingenieros que trabajan en esta parte del trayecto, suelen venir por aquí. O quizá es otra cosa. Mi madre solía decirme que tenía una imaginación hiperactiva; Tom también me lo decía. No puedo evitarlo, veo estos restos de ropa, una camiseta sucia o un zapato solitario, y sólo puedo pensar en el otro zapato, y en los pies que los llevaban.
El tren se vuelve a poner en marcha con una estridente sacudida, la pequeña pila de ropa desaparece de mi vista y seguimos el trayecto en dirección a Londres con el enérgico paso de un corredor. Alguien en el asiento de atrás exhala un suspiro de impotente irritación; el lento tren de las 8.04 que va de Ashbury a Euston puede poner a prueba la paciencia del viajero más experimentado. El viaje debería durar cincuenta y cuatro minutos, pero rara vez lo hace: esta sección de las vías es antigua y decrépita, y está asediada por problemas de señalización e interminables trabajos de ingeniería.
El tren sigue avanzando poco a poco y pasa por delante de almacenes, torres de agua, puentes y cobertizos. También de modestas casas victorianas con la espalda vuelta a las vías.


EL PESO DE LOS MUERTOS



Reedición de la primera novela de Victor del Árbol que recibió el premio Tiflos hace unos años.
Creo que no acabo de "pillarle" el punto a este escritor......, esta novela en la que acontecimientos vitales se pasan por encima, los personajes son raros y están desdibujados, el nivel de expresión esta en ocasiones a la altura de Corín Tellado y todo va encajando sin saberse muy bien porqué o porque no, me ha decepcionado y tardaré en leer algo más del escritor.
He usado la imagen de portada de la reedición ya que la portada de la edición original era muy poco apropiada usando un cuadro de Hooper, bien conocido por los visitantes de LIBROS, que no tiene ni el más mínimo vínculo con esta historia y parece casi una broma.

Sinopsis (Ed. Alrevés)
Nos gusta creer que podemos enterrar el pasado, pero la memoria reside en nuestro inconsciente, y nuestra historia es a menudo el fruto de nuestra imaginación. Por eso cuando en septiembre de 1975 Lucía recibe una llamada en su casa de Viena desde España, decide que es el momento de regresar a Barcelona y enfrentarse a los fantasmas que la esclavizan. Intuye que su mundo no es tal y como lo ha concebido y ya está cansada de huir y de mentirse, por lo que no puede posponer afrontar su verdadera realidad. Pero, como temía, sus muertos regresan veinte años después en cuanto pisa las calles de Barcelona y retorna otra vez el dolor, la angustia y los temores. Franco agoniza, pero aún deambula lo más duro del régimen, con perso- najes como el moro Ulises y sus cómplices, en una España en decadencia que se debate entre un sistema decrépito y los nuevos aires de cambio. Mientras, en la prisión Modelo, reside desde hace tres décadas Liviano, quizás la única persona capaz de reconstruir la verdadera historia del  general Quiroga y su mujer Amelia al comienzo de la dictadura, la de Nahúm Márquez, la del padre de Lucía y, cómo no, su propia existencia, en un duelo entre el amor y el tormento. El peso de los muertos nos adentra en lo más profundo de la memoria y los miedos de su propio significado. 
El peso de los muertos (fragmento)"Para cuando el moro Ulises asomó al final de la calle Imperio, la Virtudes ya estaba prevenida y esperaba, con el ojo pegado a la mirilla de la puerta. A pesar de estar alerta, la sorprendió de pronto el perfil alargado del inspector al otro lado. Retrocedió justo a tiempo para que la frágil puerta, derribada de una patada, no se le viniese encima. El moro irrumpió en la casa y se vio rodeado por el aroma del ajenjo.
Una quemadura antigua se adivinaba en el escote medio desnudo de la Virtudes, que llevaba puesta una bata desabrochada que le venía demasiado grande. Al principio, el moro casi no reparó en la mujer; miraba por encima de ella el interior de la casa.
—¿Estás sola?
—No sé nada —gimió la mujer. No era la primera vez que la policía venía en su busca desde que habían metido a su marido en la cárcel dos años atrás por espiar a los Quiroga. La cicatriz de las quemaduras en el pecho era testimonio de esas visitas.
El moro Ulises pasó levemente el dedo por encima de la mesa, sin tocar a la mujer.
—Yo sí. Sé que han soltado a tu marido esta mañana. Pero lo he vuelto a detener —dijo, mirándose la yema manchada de polvo pegadizo—. Ahora está en comisaría, sangrando como un cerdo.
—¿Por qué lo han detenido? Seguro que no ha hecho nada. —La mujer sabía que detrás de cada ventana había unos ojos mirando y unos oídos escuchando. Juan tenía un prestigio en el barrio, era un sindicalista de los duros, de los que no se dejaba amedrentar por un policía de la secreta. Y de lo que ella hiciese o dijese dependía que esa fama se mantuviera.
—Siéntate —le ordenó el moro Ulises.
La luz de la calle llegaba con tacañería al interior de la casa. La madrastra de Lucía se sentó en el sofá, frente al aparato de radio apagado, con la concentración pasmada en la botonera dorada del dial. Sus párpados, acostumbrados a la oscuridad, temblaron al ver reflejada en la pared la silueta del moro de pie, a su espalda, mirándola con intensidad. "